Ayer, por motivos que no vienen al caso, estuve hablando con algunos compañeros de trabajo sobre la posibilidad que están ofreciendo algunos cementerios de convertir las cenizas de un ser querido en un diamante.
Alguien comentó que le parecía una idea macabra y que no le parecía bien, pero no aportó muchos argumentos en defensa de esta idea. Bueno, a veces a uno le gusta o no algo sin tener muy clara la razón.
Hubo quien le contestó que lo realmente macabro es enterrar un cuerpo. Yo nunca me lo había planteado, la verdad, pero si me paro a pensarlo, ciertamente resulta espeluznante meter un cuerpo sin vida en una caja de madera, meter la caja en un hoyo y tapar el hoyo con tierra. Además tengo una imagen muy vívida de una ocasión en la que para enterrar a un fallecido con su cónyuge tuvieron que hacer sitio en el nicho y hubo una bolsa que contenía los huesos del tal cónyuge dando bandazos en un espectáculo que me pareció deplorable.
La otra opción que se barajaba durante la conversación era la de la incineración. Creo que esta idea tampoco le hacía mucha gracia a la persona que denostaba los diamantes. En cuanto a mí, eso de tener una urna en casa llena de cenizas como que no. Sólo imaginarme que aquello se caiga y que se desparrame el contenido por el suelo y me entran escalofríos.
La idea del diamante me parece bonita. Es una forma de quitarse el muerto de encima y tener un recuerdo del ser querido al mismo tiempo. Desvirtuando al grandísimo García Lorca:

Cuando yo me muera

haced con mis cenizas

una buena piedra