El otro día atendí una llamada que iba dirigida a Epa cuyo contenido, así como la razón de que no contestase él mismo, no vienen al caso.
Lo que quiero destacar de la conversación aquí es la forma en la que la señora se dirigió a mí en todo momento: me rebautizó señora Pantulis, dos desaciertos en dos palabras, ya que ni soy señora (no me iba a poner a explicarle a la mujer mi estado civil de arrejuntada), ni me apellido Pantulis.
El resto de la conversación fue muy agradable, la señora (o señorita, no caeré en su misma inexactitud) me trató con una amabilidad exquisita, casi con cariño, y supongo que eso fue lo que hizo que me enterneciera en lugar de fastidiarme, que es lo que habría conseguido la mujer si no fuese tan entrañable. Estoy segura de que ella utiliza este, llamemoslo, anacronismo, con la intención de hacer que su interlocutora se sienta más cercana a ella, como si poner un apellido transformase el anonimato en pleno conocimiento de un plumazo.
Por supuesto que exagero: de todas las desigualdades y tratos discriminatorios en los que podría haber centrado mi atención esto no deja de ser una banalidad, pero bueno, es un comienzo.
De momento, y creo que seguirá siendo así durante mucho tiempo, no me resigno a ser, simplemente, señora de Pantulis.