Newyorkers
¡Cómo estoy disfrutando los últimos capítulos de C.S.I. NY!. Y no precisamente porque la serie me guste mucho (está mucho mejor C.S.I. Las Vegas, aunque no cuente con Gary Sinise), sino porque, como algunos ya sabéis por Epa, hace poco más de dos semanas yo estuve allí.
Tengo que reconocer que lo de cruzar el charco nunca me había llamado demasiado la atención, pero cuando nos decidimos a dar el salto empezó a picarme la curiosidad. Me preguntaba si Nueva York sería como nos la muestran en tantas y tantas películas y teleseries...
Es extraño, pero la sensación que tuve al llegar allí era la de no haber salido de casa, la de estar en un lugar de sobra conocido. Supongo que eso es lo que tienen la tecnología y el séptimo arte. Después de unas pocas horas, sin embargo, pasé a sentir justo lo contrario, un asombro absoluto al percatarme de que no era una película, de que yo, nada más y nada menos que yo, estaba allí, en esta ciudad tan familiar y tan ajena al mismo tiempo.
Una de las cosas que más ha llamado mi atención ha sido la gente de allí, sobre todo, y aunque parezca una tontería, los afroamericanos. Por supuesto que aquí también hay personas negras (o de color, de color negro), pero son completamente distintas en todo: en la forma de vestir, de peinarse, en su actitud... en todo. También hay blancos, por supuesto, pero estos no se diferencian tanto del europeo medio. Y orientales. E hispanos. Allí hay verdaderamente de todo. Y no sólo dentro del edificio de la ONU.
En los poquísimos días que he estado allí he visto desde taxistas sijs, con su típico turbante, pasando por judíos con sus trencitas y esos sombreros que parecen demasiado pequeños para sus cabezas, y, lo que más me alucinó, una familia de amish tal y como se ven en las películas, el padre con la barba y el sombrero de paja, la madre con el vestido largo, ajustado por arriba y abombado por abajo, con su delantal y la cofia blanca y el bebé también con la cofia, absolutamente anacrónicos en plena Penn Station.
Tuve, además, la suerte de pasar allí la noche (y el día) de Halloween, lo que me dió la oportunidad de contemplar el disfraz más ingenioso y original que puedo imaginar: una señora vestida de Empire State cargando con su bebé, al que había disfrazado de King Kong.
El que no iba disfrazado era Juanjo Puigcorbé cuando me lo crucé por la Gran Manzana...¡y ni siquiera me dí cuenta!.
Ahora que he vuelto tendré que conformarme con ver Manhattan en la televisión. Menos mal que oportunidades no faltan.
