De todas las cosas que podría recomendar de Nueva York, voy a centrarme en el observatorio que han habilitado en las terrazas superiores del Rockefeller Center, y que han llamado más o menos poéticamente Top of the Rock. Nosotros tuvimos la suerte de casi inaugurarlo, ya que fuimos a visitarlo justo el día que lo abrieron, el 1 de Noviembre, ¡aunque nosotros esto no lo supimos hasta que volvimos!.
Aunque yo tenía la intención de visitar el observatorio del Empire State porque me lo habían recomendado en algunos foros dedicados al tema, cuando nos enteramos de que también existía este otro, y dado que Epa estaba completamente encandilado con el edificio de King-Kong, nos decidimos por él por la sencilla razón de que desde lo alto del Empire State no se puede ver el propio Empire State.
De paso nos aprovechamos de que era una atracción recién abierta, por lo que supongo que la mayoría de la gente no estaba muy enterada (igual que nosotros), así que no tuvimos que esperar prácticamente ninguna cola para entrar, y el personal que trabajaba allí fue extremadamente simpático, con muy buen rollo y dirigiendo nuestros pasos en todo momento, excepto cuando estuvimos en lo alto del edificio, momento en el que nos dejaron contemplar las vistas a nuestras anchas y durante el tiempo que quisimos.
El mayor inconveniente que le veo, aparte de los evidentes de escoger un día en el que la meteorología no sea propicia, es su precio, alrededor de 12 dólares. Como no fuimos al del Empire State, no puedo decir si es comparativamente más o menos caro. Si merece o no la pena es, como es lógico, decisión de cada cual, pero para que quien se esté planteando visitarlo pueda hacerse una idea de lo que se va a encontrar he seleccionado esta foto que tomamos desde allí.
Si alguien se decide a visitarlo, que comente a los amables azafatos que fui yo quien lo recomendó, a ver si empiezo a cobrar por tener bitácora y puedo retirarme a vivir de las rentas. O al menos que deje por aquí su comentario para uso y disfute de la blogosfera.
servido por beatrizia
2 comentarios
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¡Cómo estoy disfrutando los últimos capítulos de C.S.I. NY!. Y no precisamente porque la serie me guste mucho (está mucho mejor C.S.I. Las Vegas, aunque no cuente con Gary Sinise), sino porque, como algunos ya sabéis por Epa, hace poco más de dos semanas yo estuve allí.
Tengo que reconocer que lo de cruzar el charco nunca me había llamado demasiado la atención, pero cuando nos decidimos a dar el salto empezó a picarme la curiosidad. Me preguntaba si Nueva York sería como nos la muestran en tantas y tantas películas y teleseries...
Es extraño, pero la sensación que tuve al llegar allí era la de no haber salido de casa, la de estar en un lugar de sobra conocido. Supongo que eso es lo que tienen la tecnología y el séptimo arte. Después de unas pocas horas, sin embargo, pasé a sentir justo lo contrario, un asombro absoluto al percatarme de que no era una película, de que yo, nada más y nada menos que yo, estaba allí, en esta ciudad tan familiar y tan ajena al mismo tiempo.
Una de las cosas que más ha llamado mi atención ha sido la gente de allí, sobre todo, y aunque parezca una tontería, los afroamericanos. Por supuesto que aquí también hay personas negras (o de color, de color negro), pero son completamente distintas en todo: en la forma de vestir, de peinarse, en su actitud... en todo. También hay blancos, por supuesto, pero estos no se diferencian tanto del europeo medio. Y orientales. E hispanos. Allí hay verdaderamente de todo. Y no sólo dentro del edificio de la ONU.
En los poquísimos días que he estado allí he visto desde taxistas sijs, con su típico turbante, pasando por judíos con sus trencitas y esos sombreros que parecen demasiado pequeños para sus cabezas, y, lo que más me alucinó, una familia de amish tal y como se ven en las películas, el padre con la barba y el sombrero de paja, la madre con el vestido largo, ajustado por arriba y abombado por abajo, con su delantal y la cofia blanca y el bebé también con la cofia, absolutamente anacrónicos en plena Penn Station.
Tuve, además, la suerte de pasar allí la noche (y el día) de Halloween, lo que me dió la oportunidad de contemplar el disfraz más ingenioso y original que puedo imaginar: una señora vestida de Empire State cargando con su bebé, al que había disfrazado de King Kong.
El que no iba disfrazado era Juanjo Puigcorbé cuando me lo crucé por la Gran Manzana...¡y ni siquiera me dí cuenta!.
Ahora que he vuelto tendré que conformarme con ver Manhattan en la televisión. Menos mal que oportunidades no faltan.
servido por beatrizia
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